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Del impuesto a la sal a un negocio millonario: la historia y el presente del contrabando en América Latina


Tan antiguo como los primeros sistemas de tributos, el contrabando es una práctica milenaria que sigue vigente y no parece estar en vía de extinción. Y es que el contrabando no es uno solo, es un diverso conjunto de prácticas económicas ilegales que perduran y se moldean conforme cambian las regulaciones económicas. A lo largo de la historia, cada marco regulatorio ha tenido su respuesta en prácticas que buscan evadirlo: “hecha la ley, hecha la trampa”. Este artículo explica qué es el contrabando, cómo ha evolucionado, qué formas adopta hoy y por qué sigue teniendo un impacto tan profundo en las economías modernas.


Según la RAE, el contrabando es la “introducción en un país o exportación de mercancías sin pagar los derechos de aduana a que están sometidas legalmente”. Además de implicar una defraudación fiscal, su comercialización supone la venta de productos ilegales; por eso, desde el momento en que ingresan al país, se trata de una cadena de valor completamente irregular e ilícita. Existen dos tipos de contrabando: abierto y técnico, los cuales explico a continuación.


El contrabando abierto corresponde a los casos en que las mercancías entran sin ser declaradas, generalmente por pasos no habilitados o por rutas sin ningún tipo de control (o con control amañado). Esta modalidad va más allá del simple ingreso por puntos no autorizados; al ser la más irregular, suele estar asociada a organizaciones de carácter criminal que realizan otras actividades delictivas como lavado de activos, tráfico y porte ilegal de armas, extorsión, entre otras. Por otro lado, el contrabando técnico se refiere a mercancías que ingresan por los canales formales, ante los ojos de las autoridades aduaneras, pero con información manipulada para reducir tributos. Algunos ejemplos son la subfacturación, que consiste en declarar precios inferiores a los reales para pagar menos impuestos, y el cambio de partida arancelaria, que implica importar una mercancía declarándola bajo otra partida con menor carga impositiva.


La historia del contrabando es, en buena parte, la historia de cómo las sociedades han intentado sortear restricciones económicas. Cada vez que un Estado impuso un monopolio o un impuesto desmedido, surgió una ruta clandestina para romperlo. En la Europa premoderna, por ejemplo, la sal era tan gravada que su comercio ilegal terminó formando redes enteras capaces de mover mercancía de noche, por bosques y ríos secundarios, lejos de los recaudadores. Con la expansión colonial, el fenómeno tomó otra escala: los puertos americanos, obligados a comerciar únicamente con la metrópoli, quedaron aislados del resto del mundo. Esa brecha la llenaron comerciantes que empezaron a recibir textiles ingleses, licores franceses y mercancías holandesas que jamás pasaron por los registros oficiales. Lo que hoy llamaríamos contrabando era, para muchos pobladores, la única vía para acceder a bienes que la regulación había vuelto escasos o prohibitivos.


En América Latina, esa lógica se ha mantenido después de la independencia. Los nuevos Estados heredaron fronteras extensas, poca capacidad de control y una urgente necesidad de recaudar, lo que derivó en aranceles altos sobre casi todo lo importado. El resultado fue predecible: las mismas rutas que antes movían tabaco, azúcar o cacao comenzaron a traer armas, telas europeas, licor y manufacturas que evitaban los puertos formales. En regiones remotas, donde la presencia estatal era más simbólica que real, el contrabando terminó integrándose a la vida económica cotidiana. Más que una actividad marginal, se volvió un mecanismo para sortear políticas que no siempre respondían a las necesidades locales. Esa mezcla de regulación rígida, altos tributos y amplios vacíos institucionales es la que terminó dándole al contrabando el papel persistente que ha tenido en la historia de la región, aunque en la actualidad ya no existe ninguna justificación: hoy el contrabando no responde a escasez ni a aislamiento, sino a redes que buscan evadir impuestos y competir de forma desleal en mercados plenamente integrados.


Aunque su origen está ligado a contextos históricos muy distintos, hoy el contrabando se sostiene por razones concretas: ante la carga tributaria, esta práctica resulta atractiva no solo para el contrabandista, que reduce de forma considerable sus costos, sino también para el consumidor, que encuentra precios más bajos que en el comercio formal. Esa combinación explica su persistencia, aunque sus efectos económicos y sociales son profundamente negativos. La Alianza Latinoamericana Anticontrabando (ALAC) estima que el comercio ilegal y el contrabando en América Latina mueven más de US$210.000 millones al año, cerca del 2% del PIB regional. Este volumen impacta al sector público mediante pérdidas de recaudo, debilita la competitividad del sector privado y expone a los consumidores a productos que, en muchos casos, no cumplen con controles básicos de sanidad o calidad.


El contrabando persiste porque se inserta en los vacíos y tensiones reales de las economías latinoamericanas: sistemas tributarios que generan incentivos torcidos, brechas de ingresos que vuelven atractivo cualquier ahorro inmediato y capacidades institucionales que avanzan más lento que las redes ilegales que buscan eludirlas. No es un fenómeno aislado ni estrictamente aduanero; es un síntoma de fallas estructurales que se repiten en la región. Entenderlo desde sus dimensiones económicas, regulatorias e institucionales ayuda a explicar por qué, incluso con mayores controles, sigue ocupando un espacio tan amplio en el comercio. También muestra que enfrentarlo no se resuelve solo con decomisos, sino corrigiendo los incentivos que lo alimentan y fortaleciendo las instituciones que hoy no logran contenerlo. Es importante la articulación público-privada, con iniciativas como la Estrategia Triángulos de Strategos BIP. 



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